lunes, 26 de septiembre de 2011

Cosas de princesas

L
a princesa en la torre espera,
al príncipe azul que anhela,
esperando, esperando,
el cabello se va peinando.
Se arregla el maquillaje una vez más,
colorete, rímel, pintalabios y algo más,
de modo que parezca
algo natural.
Vestido de ensueño,
joyas preciosas,
que llaman la atención
y la hacen más vistosa.
Calzarse los zapatos
con algo de tacón,
azules anacarados
es su mejor opción.
Una vez preparada
se sienta en su sillón
 y mira con dulzura
y con cierta ilusión.
Se acerca al marco colgado
con una foto en su interior:
es el príncipe azul que espera,
por el que se arregla con devoción.
Pasan los minutos,
pasan las horas,
se hace de noche
y sigue estando sola.
Se quita el maquillaje,
se quita las joyas,
se quita el vestido
y las ganas doloras.
Se pone el pijama,
se siente fatal,
porque una vez más su sueño,
no se ha vuelto a realizar.
No es la primera vez que pasa,
ni la última, ¡jamás!,
porque además de los errores,
siempre los vulvas a fallar.
La princesa espera
en la torre una vez más,
con las ilusiones perdidas,
con los sueños sin realizar.
Un día recibió una visita,
de una amiga, de un hada,
con unos botes de especias
que le regaló encantada.
Uno era esperanza,
otro era ilusión,
y como estos
había un gran mogollón.
Solo tenía que aceptarlos,
era obvio, ¡que sino!,
olvidarse de esperar
y vivir con felicidad.
Cierto tiempo después,
la princesa se asomó,
al balcón conocido,
pero no con la misma razón.
Ya no lleva vestido,
ya no lleva tacón,
ni joyas, ni maquillaje,
aun así, un bellezón.
Lleva vaqueros normales,
una camiseta normal,
zapatillas de deporte
y su cola habitual.
Ha quedado con amigas,
también de la corte real,
van a echarse un rato
y a reírse quizás.
Y allí pasando un buen rato,
sin verlo siquiera  pasar,
se acercó un principito,
turquesa o verde quizás.
El muchacho persistente,
le gustó como el que más,
y sin quererlo ni buscarlo,
a su amor encontró allá.

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